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SEMINARIO FRANCISCANO: ORDENACIONES

 

HOMILIA DEL PATRIARCA SABBAH

 

Ordenaciones sacerdotales y diaconales - 29 de junio de 2004

San Salvador - Jerusalén

 

Rev.mo Padre Custodio Pierbattista Pizzaballa,

Reverendos Padres y hermanos sacerdotes,

Hermanos y hermanas:

 

Feliz fiesta de los santos Apóstoles Pedro y Pablo a todos vosotros y felicidades a todos los que celebran en este día el aniversario de su ordenación sacerdotal.

1. Hijos queridos, estáis a punto de recibir el orden del diaconado o el presbiterado. Ya estáis consagrados en virtud de vuestra profesión religiosa, vosotros os entregáis hoy para ser configurados a Cristo Sumo Sacerdote, para la gloria de Dios y el bien de los hermanos a los que seréis enviados. Jesús nos manda: "Id por el mundo entero pregonando la buena noticia a toda la humanidad" (Mc 16,15). Toda criatura será el objeto de vuestro anuncio. A todos dirigiréis con alegría el mensaje de la misma alegría de Dios, a todos donaréis vuestro amor, sin límites ni excepciones, sin exclusión de comunidad y pertenencia religiosa. Aquí, dónde habéis recibido vuestra formación sacerdotal, encontráis tres religiones, creyentes de credos diferentes, pero todos personas humanas, objeto del amor de Dios y también de vuestro amor. A todos tendréis que transmitir la alegría de Dios a la que hoy sois consagrados configurándoos completamente con Cristo. Cristo es para todos, pues todos "los que creen en Él se salvarán", dice San Juan. Respetad la identidad de cada persona, de cada cultura, de cada credo religioso. Todo forma parte del misterio de Dios y de su plan de salvación; vosotros seréis para todos dispensadores y servidores de la alegría y del amor de Dios.

2. En la primera lectura de la misa vespertina de la fiesta de hoy, el libro de los Hechos nos habla de la curación del hombre “lisiado de nacimiento”. Quiero poner de relieve en esta parte de los Hechos las palabras que Pedro le dirige al hombre enfermo: "Plata y oro no tengo, lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesús Mesías, el Nazareno, echa a andar", Hch 3, 6. "Plata y oro no tengo"; hoy la Iglesia necesita dinero que sirve para socorrer las varias y múltiples actividades de ayuda y de asistencia. Pero, el dinero de que podemos disponer o no disponer, ese dinero no nos tiene que apartar del meditar y vivir en nuestra vida estas palabras: “Plata y oro no poseo, lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesús camina”. Nosotros somos enviados para dar y obrar en el nombre y en el espíritu de Jesús, y no en el nombre de cualquiera otra fuerza humana, moral o material. Cada medio humano del que nos servimos o al cual recurrimos tiene como única finalidad hacer resplandecer el nombre de Jesús. Será bello, fuente de libertad y de alegría poder decir como Pedro: “no poseo ni plata ni oro pero lo que tengo lo doy”. Es la alegría de dar en el nombre de Jesús y de saborear aquella vida más abundante que sólo Él puede dar.

3. En el Evangelio de Mateo 16, en el paso que nos habla de la confesión de San Pedro, hallamos la misma sugerencia: no tenemos que confiar en la fuerza humana, sino en la de Dios. Jesús pregunta a sus apóstoles, como nos pregunta cada día: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo”? Vosotros contestáis como San Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús os recuerda que “eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo” (Mt 16, 13-19). El anuncio no es algo que nos pertenece, no es sólo fruto de nuestros esfuerzos humanos, mas es don de Dios. Así, en relación con el dinero;  es siempre Jesús el alma de todo y no la riqueza puramente humana. También en el anuncio, es la gracia de Dios la que actúa, de otra manera nuestras palabras quedarán estériles y vacías sin su gracia. He aquí la exigencia de quedar en permanente escucha para ser capaces de escuchar y acoger a Dios que se revela en cada momento del ministerio de la predicación.

4. La segunda lectura que está tomada de la segunda carta a Timoteo es una mirada realista que se proyecta hacia lo que será la conclusión de vuestra vida sacerdotal, después de los años benditos de ministerio y anuncio del mensaje. San Pablo escribe: “pues por lo que a mí me toca, estoy para derramar mi sangre… He competido en noble lucha, he corrido hasta la meta me he mantenido fiel… el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas” (2Tim 4, 6-7.17). Para colmar vuestra predicación de mayor autenticidad y fervor apostólico, tratad de pensar en el momento conclusivo de vuestra misión, en el cual también vosotros, como San Pablo, podréis decir: “he corrido hasta la meta me he mantenido fiel. el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas”. Al inicio de vuestro sacerdocio que inicia justamente hoy imaginadlo como un todo con su conclusión de modo de ser capaces de escuchar lo que el Señor os pregunta: “vosotros quiénes decís que soy yo”, no olvidando lo que sigue: “eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo” y lo que afirma San Paolo: “he conservado la fe. El Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas”. A la luz de estas palabras podréis siempre renovaros y orientar vuestro camino para trabajar sólo y siempre por la gloria de Dios y la salvación de los hombres.

5. Queridos hermanos, ordenados aquí en la ciudad de Jerusalén, ciudad de reconciliación y de redención, pero desafortunadamente también de odio y de muerte, sabed ser y sentíos mensajeros de reconciliación y hermandad dondequiera que seréis llamados a superar barreras de religión y nacionalidad. La confusión que reina en esta tierra destinada a ser santa, mientras la dignidad de la persona humana continua a ser violada, os sugiere esto: sea que quedaréis aquí, o dondequiera estaréis en varios países del mundo, dónde la obediencia os llamará, derribad primero las barreras dentro de vosotros mismos para ser capaces de ver sólo con uno ojo, sin distinción alguna, cada persona humana; de este modo podréis ayudar a la humanidad a derribar cada barrera que es al origen del odio y de la muerte. La reconciliación de la humanidad y de la sociedad a la que dispensaréis la Palabra de Dios, depende de vuestra santidad personal y de la purificación permanente de vosotros mismos para ver a Dios en todas sus criaturas. Sólo así seréis sacerdotes de paz, dentro y fuera de vosotros, sólo así seréis mensajeros de Dios a todos sus hijos y a todas sus hijas.

Queridos, el recuerdo de esta santa tierra de Dios quede siempre en vuestros corazones como guía y manantial de luz, de modo que podáis siempre ver el rostro de Dios en cualquier lugar en que os encontraréis, y que por la intercesión de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, Dios os acompañe, os sea cercano y os conceda la abundancia de su gracia. Amén.

  

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