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La Clausura del Gran Jubileo de la Redención del 2000 en Belén

Texto y fotos: Enrique Bermejo Cabrera ofm

El Cardenal Roger Etchegaray, Presidente del Comité Central y del Consejo de Presidencia del Gran Jubileo del Año dos mil, ha sido enviado por su Santidad Juan Pablo II como delegado personal para presidir la celebración del primero de enero en la Iglesia del Patriarcado latino de Jerusalén y al mismo tiempo entregar un mensaje de paz a las autoridades de Israel y de la Autonomía palestina.

El motivo de la presencia del cualificado Cardenal ha llevado a adelantar la celebración de la clausura solemne del año jubilar en Belén. Se dice clausura solemne de un año de gracia y de reconciliación, y de paz en espera. Pero en realidad la celebración del jubileo ha sido una apertura del año de gracia, del siglo de gracia, del milenio de gracia. Es un volver a las fuentes de la salvación.

La humanidad ha vuelto las miradas a esta Tierra de Redención especialmente en los días 20-25 de marzo en que quiso peregrinar el Santo Padre, y con él toda la Iglesia universal, a esta Tierra Santa, y tierra de tormento, donde dos pueblos buscan la concordia y un modo de convivencia común.

El día de la celebración, martes y dos de enero, se ha desarrollado en el marco de un día luminoso aunque un poco frío. Participaban en la liturgia de acción de gracias junto al Cardenal Etchegaray el Patriarca de Jerusalén, S.B. Michel A. Sabbah con sus auxiliares, el Nuncio de su Santidad Mons. Pietro Sambi, el Custodio de Tierra Santa, el franciscano p. Giovanni Battistelli, el Arzobispo griego melquita de Galilea Mons. Boutros Mouallem, los demás miembros de la asamblea de ordinarios católicos de Tierra Santa, sacerdotes de la Custodia de Tierra Santa, del Patriarcado latino y de otras congregaciones religiosas; en total unos cuarenta y seis concelebrantes.

La solemne celebración consistió en una Eucaristía de acción de gracias precedida por la reunión de la asamblea de los fieles a la entrada del convento franciscano de Santa Catalina y el ingreso procesional a la iglesia del mismo nombre atravesando el claustro de san Jerónimo. A la celebración eucarística siguió la acción de gracias final.

El servicio litúrgico estuvo a cargo de los estudiantes franciscanos del Estudio Teológico de san Salvador en Jerusalén, así como la animación litúrgico-musical.

Los fieles, de la población local y comunidades religiosas, pudieron unirse al canto mediante un fascículo preparado para la ocasión y lo mismo los concelebrantes con otro adaptado a su ministerio. Desgraciadamente la participación de los peregrinos no fue la misma que el día de la apertura del jubileo en la misa del Gallo de la Navidad del 1999. Dada la situación política apenas si se ve algún grupo, en todo caso pequeño, de peregrinos más valientes.

Del el rito de introducción fuera de la iglesia hay que resaltar los textos y los cantos que acompañaron el momento de formarse la asamblea y la procesión de entrada. Se referían a Cristo Luz del mundo y única esperanza del mundo que ha iluminado con su presencia la gruta de la Natividad y el corazón de todos los hombres con su nacimiento. En efecto mientras se reunía la asamblea en la plaza se cantaba: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio un luz grande: a los que vivían en una tierra tenebrosa brilló el sol de la vida". A Cristo la Iglesia, su esposa, le encuentra en la celebración de sus sacramentos y este es el ánimo que embargaba a la asamblea cuando entraba en la Iglesia, precisamente al lado de la gruta del nacimiento, cantando: "Ha venido el Señor nuestro rey, en sus manos está el reino, la potencia y la gloria". Llegados los celebrantes al altar tubo lugar la bendición del agua y aspersión de los fieles, en sustitución del acto penitencial. El agua nos recuerda el Jordán y con ello el bautismo y el Espíritu que en él se nos ha dado y nos da la gracia de celebrar la eucaristía. Siguió la misa en árabe y latín cuyos textos y ánimo era de acción de gracias por el año jubilar concluido y el año de gracia abierto. Decía Mons. Marini en la rueda de prensa en la que presentaba la clausura del Jubileo en Roma: "El Año Santo, el Gran Jubileo del 2000 se cierra, pero el año de gracia, proclamado por el Señor Jesús en la Sinagoga de Nazaret, continúa en el ciclo anual con el que la Iglesia celebra en la liturgia la obra de la salvación de su Señor en la espera de la beata esperanza y de su vuelta en la gloria".

Las lecturas de la misa fueron las siguientes: Isaías 12, 1-5 (Cantad al Señor porque ha hecho maravillas), Salmo 112,1-8 (Bendito sea el nombre del Señor ahora y por siempre), Colosenses 3,12-17 (Dando gracias a Dios por Cristo), Lucas 17,11-19 (el leproso se echó a los pies de Jesús para darle gracias).

La homilía la pronunció en francés el Cardenal Etchegaray y a continuación el p. Faltas la dijo en árabe. He aquí el texto de la misma: «Cuando, el miércoles 22 de marzo pasado, el Papa Juan Pablo II viniendo de la orilla del Jordán y su helicóptero se posó en Belén, sus primeras palabras fueron las siguientes: «"Aquí, ha nacido Jesús de la Virgen María": estas palabras inscritas sobre el lugar donde, según la tradición, ha nacido Jesús, son el motivo del Gran Jubileo del Año 2000. Ellas son el motivo de mi visita hoy a Belén"». Todo Belén en el Jubileo y todo el Jubileo en Belén, tal es la visión global y unificadora de Juan Pablo II. Y ahora, en este 2 de enero del Año 2001, llamado a clausurar el Año Jubilar para todas las diócesis de Tierra Santa, mi emoción es grande al cumplir un gesto simbólico que subraya la permanencia del nexo entre Belén y la historia de la salvación ayer, hoy y siempre. Me resuenan todavía las palabras que al principio de la Misa dijo el patriarca Michel Sabbah a Juan Pablo II en la Plaza del Nacimiento: "Aquí el misterio de Dios se ha revelado al mundo, a los pobres y a los sencillos en la persona de los pastores, a los reyes y a los grandes en la persona de los Magos".

La gracia de los cristianos de Tierra Santa, de Belén en particular, es la de poder nutrirse del Evangelio como de un concentrado consistente y simple. En otro tiempo, pero en este mismo espíritu, san Jerónimo vino a vivir en estas grutas. Es extraordinario el poder evocador, estimulante y actuante del pesebre para quien se acerca con un alma de niño. En su homilía, el Papa nos decía: «Hoy, nosotros volvemos al momento de hace dos mil años, pero en nuestro espíritu nosotros abrazamos todos los tiempos. Nosotros nos hemos reunido en un solo lugar, pero nosotros incluimos al mundo entero. Nosotros celebramos a un niño que acaba de nacer, pero nosotros abarcamos a todos los hombres y a todas las mujeres de cada lugar. Hoy, nosotros proclamamos con fuerza en cada lugar y a cada persona: "¡La paz sea contigo!" No temáis».

Yo acojo esta ocasión para agradecer vivamente a vuestro Comité del Jubileo todo lo que ha emprendido con fe en este Año Santo que se acaba. Desde Roma yo he seguido todas las vicisitudes y también vuestro tesón en observar el calendario que os habéis dado. Vuestras declaraciones, vuestras iniciativas ecuménicas han sido etapas importantes sobre el camino de la unidad visible de todas las Iglesias. Vosotros hubierais deseado una Tierra Santa más pacífica para acoger a los peregrinos, en primer lugar a los de vuestra región, a los que tenéis la misión de introducir en el espíritu y en la letra del Evangelio. Pero esta paz no se decreta, no depende solamente de un proceso diplomático, procede, por el contrario, de una conversión de los espíritus y de los corazones, se funda sobre la dignidad de todo hombre respetado, sin discriminación ni fastidio, hasta en la libre circulación social y profesional. Si la justicia y la verdad no son iguales para todos, no son ni justicia ni verdad para nadie.

Es en Belén donde Juan Pablo II ha recordado también a vuestro Sínodo pastoral que acababa de concluirse. "todo árbol es juzgado por sus frutos" dice el Evangelio (Mt 12,33).

Toca a cada una de vuestras Iglesias poner en práctica las orientaciones del Sínodo. Carne y vida de la existencia cotidiana. La misma constatación: tenemos por doquier textos hermosos, pero, ¿Qué hacemos en el terreno práctico? Cuanto el terreno es más árido o extenuado más necesidad tiene de sol y de reconciliación, y de la esperanza para ser fertilizado.

Reconciliación y esperanza, he ahí dos rayos luminosos desde los que el Año Jubilar no ha cesado de irradiar a la humanidad y que deben reanimar a aquellos que ven quebrarse y ensombrecerse todo alrededor de sí mismo en el horror y en la vergüenza.

Reconciliación. He ahí una palabra de moda que puede recorrer todos los labios pero que requiere hacer florecer en el corazón de nuestras vidas. Vosotros sois testigos de las escenas atroces que atestiguan existencias endurecidas por la desesperación y la venganza. Vosotros habéis pasado noches de pesadilla, muchas de vuestras casas han sido destruidas. No hay reconciliación verdadera y perdurable sin medir la profundidad del mal y el precio del perdón. Sólo Dios puede ayudar a reconciliarse. La paz no puede ser sino el producto de la justicia, pero la justicia solo puede ser colmada por el amor misericordioso del cual Dios tiene el secreto, un secreto que cada uno de nosotros conoce por experiencia.

Esperanza. He ahí otra palabra que, lo mismo que la reconciliación, requiere coraje. Hoy la esperanza es puesta a dura prueba, hasta la prueba del miedo, la prueba más peligrosa, porque el miedo animaliza al hombre: el hombre que tiene miedo ladra por su tierra, y no es un hombre. De cara a la desesperanza de miles rostros o de miles máscaras, es necesario "esperar contra toda esperanza" como buenos hijos de Abraham. Si hay un lugar donde el estado de la esperanza debe ser decretado, es en Belén. Sed la esperanza de aquellos que han perdido el gusto de vivir, el gusto de vivir juntos. Sed la esperanza de esos innumerables refugiados, que como decía el Santo Padre en Deisheh, conocen "la permanencia de situaciones que son difícilmente tolerables".

El Evangelio no quiere anestesiar vuestros sufrimientos, vuestras angustias, ni tampoco a reconciliar a los pueblos mágicamente. Pero ofrece en el misterio de Dios hecho hombre en Belén una provisión inagotable de esperanza a aquellos que serán tentados de desesperar de ellos mismos. Dios tiene más confianza en el hombre que el hombre en sí mismo ¿Qué imagen bíblica dejaros al final del vuestro Año Jubilar? Os recuerdo simplemente la llamada del profeta Isaías: "Ensancha el espacio de tu tienda..." (54,2). La visita en Tierra Santa del pastor universal Juan Pablo II ha provocado como un movimiento de dilatación de la esperanza y ha hecho posible entrever una inmensa "tienda de Dios" bajo la cual de lado a lado, codo con codo, se reúnen todos los pueblos en su peregrinación terrestre. Juntos, nosotros escuchamos el canto, nunca pasado de moda, de los ángeles en Belén: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que él ama". Amen».

Las intenciones de la oración de los fieles estuvo en sintonía con la homilía. Se pidió por la paz, la justicia, la libertad, la esperanza, para los pueblos locales y de todo el mundo. Se recordó la ciencia, las religiones, a los niños y las decisiones del sínodo.

Al final de la misa el Cardenal invitó a dar gracias por las dones y beneficios obtenidos en el año jubilar cantando el cántico del Magníficat con estas palabras: "Expresemos nuestra alegría y nuestro reconocimiento con las palabras de la Virgen María, Reina de Tierra Santa, nuestra Madre, que ha engendrado para nosotros en la carne al Hijo de Dios, nacido aquí en Belén, y que continuamente nos va indicando el camino que a él nos conduce".

Antes de la Bendición dirigieron la palabra S.B. el patriarca Michel Sabbah, el obispo Melquita Mons Boutros Mouallem . Finalmente el Custodio de Tierra Santa dijo las siguientes palabras: «Queridos hermanos y hermanas, Doy gracias a Dios por todas las gracias que nos ha hecho a lo largo de este año jubilar. De modo particular, agradezco al Santo Padre el haber querido establecer una unión tan estrecha entre Tierra Santa y Roma. Además, ha enviado aquí para la clausura de este año jubilar al presidente del Comité Central del Jubileo, Su Eminencia el Cardenal Roger Etchegaray. Y así nos hace tomar una conciencia más viva de los vínculos que a él nos unen. Sobre todo doy gracias a Dios por el don de la peregrinación del sucesor de Pedro, en marzo pasado. Ayer también, en Roma, durante el Angelus, ha subrayado su solidariedad tan cercana a nosotros, a Tierra Santa. Ofrezco a Dios todos los compromisos que tanto de fieles como de peregrinos, individualmente o en grupo, hayan querido hacer en los Lugares Santos de nuestra Redención. Pero que a causa de la situación actual, no los han podido realizar personalmente.

Renuevo los compromisos adquiridos, al inicio de este Año Jubilar, por los religiosos, Religiosas, mis hermanos franciscanos de la Custodia de Tierra Santa y por todos los voluntarios que nos han ayudado, para que los Santuarios que nos han sido confiados sean siempre acogedores ; para que los fieles locales y los peregrinos puedan encontrar en ellos un lugar propicio para la plegaria y la meditación, y que de esta manera puedan vivir en toda su dimensión la gracia de los Santos Lugares.

Prometo al Santo Padre y a sus sucesores, como lo dice san Francisco en nuestra Regla franciscana, fidelidad y abnegación en la custodia de los Santos Lugares y prometo además de ser en todo lo posible una presencia fiel, responsable y humilde, que se esfuerza en transmitir el mensaje evangélico, donde estos Santos Lugares son hasta hoy testimonios tangibles.»

Después de la bendición, que simultáneamente con el Cardenal impartieron todos los ordinarios, éste se entretuvo en coloquio familiar con los fieles.

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Created / Updated Monday, December 17, 2001 at 04:16:28 by John Abela ofm
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