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VIOLENCIA CONTRA LOS CRISTIANOS DE MAGHAR

Fecha: 23.2.2005
Fuente: Custodia de Tierra Santa

Maghar es un pueblo de cerca de 19.000 personas, sobre una colina a unos kilómetros distancia de Nazareth, cuya población se divide entre cristianos –en la parte baja, casi 4.000 personas, el 23%– musulmanes, 19%, y drusos, el 58% en la parte alta del pueblo. El domingo 30 de enero estuve en Maghar debido a la fiesta de un Bautismo y había conocido al párroco, melquita saludado a las monjas y visitado el centro parroquial frecuentado semanalmente por más de mil niños para quienes operan de animadores un numeroso grupo de jóvenes universitarios.

Esto era Maghar: volvimos hoy, 13 de febrero en un gesto de solidaridad, para visitar al barrio cristiano que ha padecido una gran violencia y ha sido destruido. Hoy en Maghar quedan solamente 500 cristianos, casi todos hombres, y hoy a la noche divididos en grupos de diez personas, juntos vigilarán en cada lugar de control (bloqueo) de la policía.

El viernes 11 de febrero los drusos invadieron la parte cristiana y quemaron los coches por las calles, las casas, los negocios; con piedras rompieron vidrios, también los de la iglesia y de la casa de las hermanas (monjas)… En el noticiario por televisión del sábado a la noche se ve la destrucción, se ven escenas de violencia a las que la policía más bien parece ayudar en lugar de intentar alejar a los agresores. Se habla del incendio de dos farmacias, de algunos negocios, de viviendas y de autos. Se comenta que no se sabe cuando terminará esto y que ha llegado la policía. Las noticias de radio del domingo por la mañana hablaban del desconcierto ante la falta de intervención de la policía, imposibilitada de llegar al lugar porque los drusos echaron mucho aceite en la calle impidiendo de tal modo la entrada. Por la mañana del 14 de febrero el noticiario diría que la policía tenía orden de no intervenir para evitar el tomar partido por una de las dos partes.

Llegamos a Nazareth, y visitamos a una familia que acogía a una quincena de parientes que habían huido de Maghar. Sus relatos eran alucinantes. Especialmente la soledad en la cual fueron abandonados por la policía. Los móviles los tenían entre las nerviosas manos de los hombres: mediante el teléfono esperaban saber donde se habían refugiado los parientes de los cuales no se sabía nada, si la casa del pueblo todavía no había sido destruida por el fuego, si los temerarios que regresaron al pueblo para tomar algunos efectos personales lo habían logrado y si de alguna manera se había logrado ponerse a salvo. Los cristianos huyeron, fueron echados, tuvieron que abandonar su pueblo, sus casas, sus cosas… los más afortunados recibieron la hospitalidad de parientes, otros encontraron refugio en las casas de otros cristianos. También los beduinos ofrecieron hospitalidad.

Fuimos a Maghar: el pueblo estaba vacío, la destrucción se apercibía en forma creciente a medida que nos acercábamos a la iglesia: un auto volcado, quemado, negocios de los cuales aún salía humo, casas gravemente dañadas por los incendios. Por doquier piedras, ladrillos rotos, vidrios, tantos vidrios por la calle… En la iglesia, que tenía todas las ventanas rotas, nos encontramos con un sacerdote que estaba con el párroco franciscano de Caná, que también había acogido personas que huidas. Expresaban preocupación por la situación de los niños, muy asustados por todo lo que habían visto y padecido.

Fuimos a saludar a las monjas. Se nos unieron algunos jóvenes. Nos cuentaban: “Entré a casa y delante de todos rompieron la computadora, el televisor,… después bajaron e incendiaron los dos autos debajo de la casa y se alejaron. Corrimos para apagar el incendio, con los baldes, pero la policía nos lanzó dos bombas de gases lacrimógenos y tuvimos que volver a entrar”. “Entraron a la pastelería, rompieron todo, y después se pusieron a comer dulces. Se reían. Los policías comían los dulces junto con ellos y se reían.” “Llamé a los bomberos. Llamé hasta que por fin atendieron, pero dijeron que no tenían orden de intervenir.” “Quemaron 70 automóviles, según el cálculo de los que fueron quemados, sin contar otros.” “Como no lograron forzar una puerta metálica, entonces hicieron un agujero en la pared y a través de él echaron dentro antorchas encendidas”. “Aquí enfrente un cristiano tenía un negocio pequeñito. Se iba allí para hacer las compras para ayudarlo aunque no siempre tenga todo lo que se busca. Quemaron todo. No quedó nada. No sabemos donde está su familia. El se quedó, pero está como muerto”.

Mientras bajábamos las escaleras nos encontramos con el párroco: “Me voy a comer algo -nos dijo en francés- estoy cansado, discúlpenme, pero hace tres días y dos noches que no cierro los ojos, no he comido” y después nos dice “Rezad por nosotros” subiendo fatigosamente la escalera.

La luz de los faros hace brillar las astillas de vidrio esparcidas por las calles. Bajamos lentamente dejando a nuestras espaldas una ciudad obscura, muerta.



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Created / Updated Thursday, 23 February, 2005 at 7:46:35 am by J.Abela, E.Alliata, E.Bermejo, Marina Mordin
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