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20 DE MARZO 2005. LA CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS EN JERUSALÉN

Fecha: 21.3.2005
Fuente: Custodia de Tierra Santa

Egeria, la peregrina universal, nos dejó el relato de la vida litúrgica de la iglesia de Jerusalén, liturgia también universal, por ser Jerusalén la Madre de todas las iglesias, la liturgia de Jerusalén es la Madre de todas las liturgias. Todo el mundo cristiano está pendiente de Jerusalén en esta Semana Santa. Se ha vestido de fiesta para celebrar la Semana más Santa de todo el año litúrgico. Los peregrinos recorren las calles de la Ciudad Santa en todos los sentidos y dan nueva vida a las celebraciones litúrgicas.

La Semana Santa de Jerusalén ha tenido su preámbulo en las celebraciones del tiempo de cuaresma. Egeria, nos dice en su "itinerario", que en Jerusalén el tiempo de cuaresma es conocido como el tiempo de las "fiestas", pues va unida de modo inseparable a la Pascua, Fiesta por antonomasia. Las celebraciones del tiempo de cuaresma en los Santos lugares consistieron en las peregrinaciones que los franciscanos han venido celebrando en los santuarios íntimamente relacionados con el misterio de la Pascua del Señor. Junto a estas peregrinaciones hay que considerar las celebraciones desarrolladas en el Santo Sepulcro o Anástasis (Resurrección): los ingresos y procesiones de los sábados por la tarde y las Vigilias de la Resurrección por la noche. Por la tarde nos acompañaba el Patriarca de Jerusalén, por la noche presidía la celebración el Custodio de Tierra Santa.

La Semana Santa, o Semana Mayor, ha comenzado con la celebración del Domingo de Ramos que los árabes cristianos llaman Domingo del Hosanna y los árabes musulmanes llaman a la procesión de Ramos del burro.

El Domingo de Ramos comenzó con las celebraciones de la tarde, con la Procesión alrededor de la Basílica del Santo Sepulcro o Anástasis y por la noche (11.40-12.30 pm) con la celebración de la Vigilia dominical del Evangelio de la Resurrección. Como en el tiempo de Egeria, final del siglo IV, el centro de tal celebración es la proclamación del Evangelio de la Resurrección.

Ya por la mañana del domingo los Franciscanos de la Custodia de Tierra Santa acompañaron al Patriarca de Jerusalén Mons. Michel Sabbah a las 6.30 de la mañana a la Basílica de la Anástasis. Minutos más tarde la comunidad católica se congregó delante de la Tumba de Nuestro Señor Jesucristo para conmemorar el Ingreso del Señor en Jerusalén: Procesión de entrada con la antífona bíblica "Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel. ¡Hosanna en el Cielo!" Seguidamente el Patriarca animó a la asamblea congregada a entrar en las celebraciones con fe y devoción. Luego, el diácono proclamó delante del edículo (capilla relicario de la Tumba) el Evangelio que narra como la multitud salió al encuentro del Señor con ramos de palmeras al tiempo que gritaban "Hosanna, Bendito el que viene" (Jn 12, 16). A continuación el Patriarca pronunció una oración de bendición en la que los hechos y signos narrados en el Evangelio se situaban en el contexto de la Historia de la Salvación. Y como antiguamente se hacía, el obispo entró en el edículo y bendijo los ramos con agua bendita. Inmediatamente él mismo fue dándolos en mano al clero y a los fieles. Seguidamente comenzó la procesión en torno al edículo. Se dieron tres vueltas, en la tercera se pasó al pie del Calvario y alrededor de la piedra de la Unción. Entonces entraron los cantores en la Tumba y entonaron el famoso himno del obispo Teodolfo "Gloria, laus et honor tibi sit" (¡Gloria, alabanza y honor!). Hecho esto salen los cantores y entra el Patriarca, y como si el Señor atravesara la puerta de la Ciudad Santa se cantó: "Ingrediente Domino in sanctam civitatem" (Al entrar el Señor en la ciudad santa). De este modo terminó la primera parte de la celebración de la mañana. Seguidamente la asamblea se dispuso en el espacio de la Capilla de Santa María Magdalena y se celebró la Eucaristía. Como en todas partes del Mundo católico se cantó la Pasión del Señor según san Mateo correspondiente al ciclo litúrgico A.

Por la tarde en Betfagé, santuario de la Custodia de Tierra Santa, se reunió una inmensidad de cristianos venidos de todas las partes de Tierra Santa y del Mundo. Es difícil decir cuantos fieles acudieron, sin duda fueron miles los congregados. El ambiente fue popular y festivo, aunque se anunció que sería una procesión penitencial para pedir por la paz. Se celebró una manifestación cristiana como hace años no se veía en Tierra Santa. Como es habitual en los últimos tiempos se salió de Betfagé, se subió por el Monte de los Olivos, se pasó al lado del lugar de la Ascensión (Inbomon) y del Padre Nuestro (Eleona), se bajó por el Dóminus Flevit, se llegó a Getsemaní, se atravesó el Torrente Cedrón al lado de la Tumba de la Virgen, se subió a la ciudad entrando por la Puerta de los Leones o de San Esteban y se llegó a la explanada de la Basílica de Santa Ana al lado de la Piscina Probática. El recorrido es un poco diferente a cómo se realizaba en el siglo IV.


En ese tiempo, según Egeria, el recorrido era este: Eleona, Inbomon, Getsemaní, Gruta de la traición, puerta de la Ciudad y Anástasis. La procesión inició con la bendición de los ramos y la proclamación del Evangelio según san Mateo (21, 1-11) en latín y árabe. Inmediatamente entre cantos adecuados a la celebración fueron ordenándose los diversos grupos. Cerraba la procesión las autoridades eclesiásticas. Entre ellos el Patriarca de Jerusalén, el Custodio de Tierra Santa y el Nuncio de su Santidad. Cada grupo imprimía una tonalidad diversa a la procesión: diversas lenguas, diversas melodías y ritmos diferentes lucían bajo un sol espléndido y una temperatura agradable. Sólo nuestro ánimo se entristecía al ver serpentear en el horizonte el muro de la separación. No hubo prisas en toda la tarde, desde las 2.30 hasta la 5.45 en que se terminó felizmente en la explanada de Santa Ana. No faltó la presencia de musulmanes que con respeto observaban el paso de la procesión en la puerta de sus casas. Los católicos comenzamos las celebraciones de la Semana Mayor con el optimismo que imprime en el alma el misterio de humillación y exaltación propios de la Cruz y de la Resurrección.

Enrique Bermejo Cabrera ofm





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