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Reflexiones

di Frédéric Manns (trad. E. Barcena)

Hace dos mil años se decía que de este villorrio no podía salir nada bueno. Y, sin embargo, todo cambió desde que una jovencita de Nazaret aceptó cumplir la voluntad de Dios y convertirse en la Madre del Mesías.

El papa Pablo VI con motivo de su peregrinación a Nazaret, en el año 1964, resumió de un modo magistral las tres lecciones que nos da Nazaret: silencio, trabajo y vida familiar. Es muy difícil encontrar fórmulas más felices para presentar el misterio de Nazaret al mundo.

En ese pueblo de Galilea la vida cotidiana se desarrollaba con tranquilidad hasta que un día alguien se encargó de dividir a cristianos de musulmanes y para ganar algunos votos en la elecciones, se propuso a los musulmanes la construcción de una mezquita junto a la basílica de la Anunciación. Uno de los compromisos del Papa será el de hacer reinar de nuevo la calma en una ciudad donde todos los hijos de Abraham cohabitan.

El islam respeta a María, madre de Jesús. Pero este respeto debe traducirse en hechos y no quedarse en meras palabras. El diálogo con el islam debe abrirse en condiciones de reciprocidad para que no venga a menos. El islam militante debe darse cuenta que su voluntad de poder no puede alimentarse de glorias pasadas. Su teología no podrá resistir durante mucho tiempo a los desmentidos de la historia y a los retos más radicales del conocimiento científico. Los intelectuales no pueden abdicar de su cometido cuando los políticos quieren monopolizar ciertas decisiones.

La visita de Juan Pablo II a Nazaret no tiene nada que ver con la política. Es para recordar al mundo el misterio de la Encarnación por lo que el Santo Padre ha decidido ir a Nazaret el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación. Fue en Nazaret donde el Verbo se hizo carne cuando María, una hija de Israel, aceptó de cumplir la voluntad de Dios. Gracias a ella, el árbol de Jesé dará su fruto. La Palabra que María ha aceptado en sí misma la empujó a escoger la vía de la caridad. María, en efecto, no tardó en comunicar a Isabel lo que tenía de más sagrado: el Hijo que llevaba en su seno. La explosión de gozo de María es la señal de que la vida triunfa.

Tanto judaísmo como islamismo consideran la idea de la encarnación de Dios como una injuria a su transcendencia: Dios es demasiado grande para deber asumir la naturaleza humana. Sin embargo, E. Levinas, un filosofo hebreo, en una intervención suya en el año 1968 en la semana de intelectuales católicos de París sobre el tema "Quién es Jesucristo?" toma la reflexión bíblica sobre la humildad de Dios. Isaías 57,15, habla de un Dios que mora entre los humildes. La transcendencia se manifiesta en la humildad. La traza de Dios aparece en el semblante del otro. Esta idea culmina en la Encarnación la ausencia de separación entre lo divino y lo humano. Dios se hace hombre para que el hombre pueda divinizarse. El aspecto fundamental del cristianismo que se refiere a un Dios encarnado vecino a los hombres es algo ajeno a la mentalidad hebrea. A pesar de todo, tanto judaísmo como cristianismo forman parte de un solo drama y no permanecen tan indiferentes el uno del otro como para poder polemizar mutuamente.

En Nazaret el Papa Juan Pablo II quiere presentar también a las mujeres de nuestro tiempo un modelo de mujer perfectamente logrado. "La Iglesia ve en el rostro de las mujeres una imagen en la cual se pueden leer los sentimientos más nobles que pueden surgir del corazón humano: la totalidad del amor sincero; la fuerza capaz de superar los mayores sufrimientos; la fidelidad sin límites y el servicio infatigable en el trabajo; una intuición penetrante asociada a frases de sostén y estímulo."

La vocación de amar, entendida como una verdadera apertura hacia nuestros hermanos judíos y musulmanes y como gesto de solidaridad para con ellos, es la base de dicha vocación.

Cuando Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, imprimió en esa humanidad tanto del hombre como de la mujer esa vocación que se traduce en amor y comunión con los demás.

Si Dios se encarna, si busca al hombre creado a su imagen, El lo hace porque lo ama desde la eternidad en su Verbo y desea a través de Cristo elevarlo a la dignidad de hijo por adopción.

Al pronunciar María la frase :"Yo soy la esclava del Señor", manifiesta la actitud fundamental de su vida: la fe. María cree en el cumplimiento de las promesas de Dios. Y por esta razón acepta cumplir su voluntad. Toda la vida de María no fue otra cosa que una peregrinación de fe. Caminaba en medio de las tinieblas esperando el cumplimiento de las cosas que no se ven. María es el modelo de la mujer del 2000. Nada puede dar un sentido más profundo a nuestra existencia terrena y estimularnos a vivirla como una experiencia pasajera que esa actitud interior que consiste en vernos como peregrinos.
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Created / Updated Friday, March 25, 2005 at 0:11:03 by J. Abela, E. Alliata, E. Bermejo
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